Gerry Rafferty«Baker Street»
El solo de saxo de Baker Street
"Gerry Rafferty estaba atrapado en un limbo legal y durmiendo en el suelo cuando escribio Baker Street, la cancion que lo cambiaria todo."
Prólogo: El tren nocturno de la incertidumbre
A finales del otoño de 1976, un hombre de veintinueve años de aspecto cansado, barba tupida y abrigo raído subía cada semana al tren nocturno que conectaba Glasgow con la estación de Euston en Londres. Se llamaba Gerry Rafferty.
Apenas tres años antes, Rafferty había saboreado la gloria internacional como voz y compositor del grupo Stealers Wheel, cuyo éxito de 1973 «Stuck in the Middle with You» —más tarde inmortalizado por Quentin Tarantino en Reservoir Dogs— había vendido más de un millón de copias. Pero el sueño del éxito se había transformado en una pesadilla dantesca.
La disolución de la banda en 1975 desencadenó una guerra encarnizada de demandas judiciales entre sus antiguos socios, mánagers y la discográfica A&M Records. Los abogados impusieron una orden de restricción contractual implacable: a Gerry Rafferty se le prohibió tajantemente grabar, publicar o interpretar música nueva en público durante tres largos años.
Atrapado en un limbo legal asfixiante, con sus cuentas corrientes embargadas y sin ingresos económicos, Rafferty debía viajar constantemente a la capital británica para reunirse con procuradores y jueces en interminables sesiones burocráticas. Al no tener dinero para costear un hotel, pasaba las noches durmiendo sobre una manta en el suelo del apartamento de un viejo amigo en la célebre Baker Street, la misma calle londinense que Arthur Conan Doyle había consagrado a Sherlock Holmes.
En aquellas madrugadas de lluvia helada, mientras caminaba arrastrando los pies por aceras desiertas entre farolas parpadeantes y botellas vacías, brotaron los versos que retratarían para siempre la desolación de la gran urbe:
«Winding your way down on Baker Street / Light in your head and dead on your feet / Well, another crazy day, you'll drink the night away / And forget about everything...»
(«Abriéndote paso por Baker Street / Luz en la cabeza y muerto en los pies / Bueno, otro día de locos, beberás toda la noche / Y te olvidarás de todo...»)
Acto I: La promesa de salvación y el billete de regreso
«Baker Street» no era un simple desahogo bohemio. Era una radiografía descarnada sobre la alienación urbana: ese espejismo cruel de las grandes metrópolis que atrae a soñadores de provincias prometiéndoles oro y gloria para luego dejarlos tirados en pensiones húmedas, convenciéndose a sí mismos de que «un año más y volveré a casa»:
«This city desert makes you feel so cold, / It's got so many people, but it's got no soul... / And it's taken you so long to find out you were wrong / When you thought it held everything...»
(«Este desierto de ciudad te hace sentir tan frío, / Tiene tanta gente, pero no tiene alma... / Y te ha llevado tanto tiempo darte cuenta de tu error / Cuando creías que lo contenía todo...»)
Para Rafferty, el único ancla de cordura era la esperanza de que el laberinto judicial terminara para poder regresar a la paz de las colinas de Escocia junto a su esposa Carla Ventilla y su hija Martha:
«When you wake up it's a new morning, / The sun is shining, it's a new morning, / And you're going, you're going home...»
(«Cuando despiertas es una nueva mañana, / El sol está brillando, es una nueva mañana, / Y estás yendo, estás volviendo a casa...»)
Cuando en 1977 los tribunales británicos levantaron finalmente la prohibición judicial tras tres años de agonía, Rafferty entró al estudio con una acumulación creativa colosal. Estaba dispuesto a jugarse el todo por el todo.
Acto II: La sesión en Chipping Norton y el riff que nació para guitarra
A finales de 1977, junto a su coproductor de confianza Hugh Murphy, Rafferty reservó los estudios Chipping Norton Recording Studios en la campiña de Oxfordshire para registrar su álbum de regreso: City to City.
La maqueta de «Baker Street» estaba casi completada. Tenía una sección rítmica impecable, cuerdas majestuosas arregladas por Graham Preskett y un solo de guitarra eléctrica final magistral ejecutado por Hugh Burns. Sin embargo, entre cada estrofa quedaba un espacio vacío de ocho compases que exigía un gancho instrumental definitivo.
Originalmente, Rafferty había concebido esa melodía para ser tocada con guitarra eléctrica. Hugh Burns la interpretó con diversos tonos y distorsiones, pero a Rafferty no le convencía: sentía que la guitarra sonaba demasiado predecible, agresiva y convencional para una pieza que requería transmitir una melancolía urbana elegante y desgarradora.
—«Necesitamos un instrumento que suene a noche, a humo, a lluvia sobre el asfalto —le dijo Rafferty a Murphy—. Probemos con un saxofón alto».
Llamaron a toda prisa a la sección sindical del Sindicato de Músicos (Musicians' Union) de Londres para contratar a un instrumentista de sesión disponible. El elegido fue un joven de veintitrés años nacido en el norte de Inglaterra llamado Raphael Ravenscroft.
Acto III: El lamento de Raphael Ravenscroft y el cheque de 27 libras
Raphael Ravenscroft llegó a Chipping Norton cargando su saxofón alto Selmer Mark VI.
Gerry Rafferty se sentó a su lado y le tarareó la melodía de ocho compases que tenía en la cabeza. Ravenscroft tomó aire, se colocó ante el micrófono de válvulas Neumann y sopló con una potencia y un dramatismo visceral que dejó a todos en la cabina petrificados. El fraseo no era un mero solo de jazz; era un alarido de metal dorado: un puente ascendente de notas que se clavaba en el pecho como una puñalada de nostalgia.
Fueron necesarias apenas dos o tres tomas para redondear el riff más famoso, reconocible y versionado en la historia del saxofón pop moderno.
Por aquella legendaria intervención, Ravenscroft recibió la tarifa estándar de músico de sesión fijada por el sindicato: un modesto talón de 27 libras con 50 peniques (que, según relató el propio saxofonista con sorna durante décadas, rebotó inicialmente en el banco antes de poder ser cobrado). Años más tarde, consciente de que aquel solo había convertido el álbum en un fenómeno multimillonario, un agradecido Gerry Rafferty le regaló a Ravenscroft un saxofón bañado en plata pura.
Acto IV: La caída de «Fiebre del Sábado Noche»
Publicado como sencillo el 20 de enero de 1978 y como corte estrella del álbum City to City por United Artists Records, «Baker Street» desencadenó un cataclismo en las radiofórmulas de todo el mundo.
En el verano de 1978, la música disco dominaba el planeta de forma tiránica: la banda sonora de Saturday Night Fever (Fiebre del Sábado Noche), impulsada por los Bee Gees, llevaba casi medio año inamovible en el número uno del Billboard 200 de Estados Unidos. Parecía un imperio invencible.
Sin embargo, el saxo nostálgico de «Baker Street» y la autenticidad poética de Gerry Rafferty lograron la hazaña imposible: en julio de 1978, desbancaron a John Travolta y a los Bee Gees, coronando el número uno en los Estados Unidos y vendiendo más de cinco millones de copias del álbum en cuestión de meses.
El tema trepó al número 2 del Billboard Hot 100 y al número 3 del UK Singles Chart, recibiendo el prestigioso premio Ivor Novello a la mejor canción del año y convirtiendo a Rafferty en uno de los hombres más ricos y cotizados de la industria fonográfica.
Acto V: El hombre que le dijo «no» a los millones de Hollywood
Con el éxito planetario llegó la maquinaria voraz de la industria del espectáculo. El presidente de United Artists Records voló personalmente en un avión privado hasta Escocia para reunirse con Rafferty en una taberna rural: le puso sobre la mesa un contrato con un adelanto millonario y una gira masiva por estadios de fútbol en Estados Unidos y Europa.
Gerry Rafferty, coherente con su desprecio visceral hacia la frivolidad de la fama, miró el contrato y lo rechazó en redondo:
—«No voy a subirme a un escenario ante sesenta mil personas a fingir que me divierto —le respondió al ejecutivo—. He pasado tres años en los tribunales peleando por mi libertad; no voy a venderla ahora por unos estadios que desprecio».
Rafferty se negó a salir de gira comercial a gran escala. Prefirió recluirse en su casa de campo en Escocia, componiendo a su propio ritmo, paseando por los bosques y manteniéndose fiel a su identidad de artesano solitario. Aunque en las décadas posteriores batalló contra demonios personales y una severa adicción al alcohol que apagaría su vida en enero de 2011, su integridad artística jamás fue doblegada por los cheques corporativos.
Epílogo: El faro sonoro en la niebla de Londres
Casi medio siglo después de aquellas noches en que un muchacho escocés arruinado dormía en el suelo de Baker Street, el rugido de saxofón de su canción sigue flotando sobre el asfalto mojado de las ciudades del mundo.
Nos recuerda que los periodos de mayor desolación y asedio —cuando las puertas parecen cerradas con llave y el horizonte se tiñe de incertidumbre— a menudo no son el final del camino, sino el crisol silencioso donde se forjan las obras maestras más duraderas del alma humana.
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