Ennio Morricone«Once Upon a Time in the West Theme»
La música que dirigió a una musa
"Uno de los planos más bellos y memorables de la historia del cine no se dirigió con palabras, sino coreografiando a la actriz al compás de una melodía ensordecedora."
Prólogo: Cuando la cámara obedece a la partitura
Durante casi un siglo de historia del cine, la música fue siempre la última invitada a la fiesta. En Hollywood, como en Roma o París, el protocolo era inamovible: primero se escribía el guion, luego se rodaban las escenas en el desierto o en los estudios, más tarde se montaba la película en la moviola y, solo al final, se llamaba a un compositor con un cronómetro en la mano para que rellenara los silencios bajo las imágenes ya terminadas.
Pero en 1968, dos antiguos compañeros de pupitre de una escuela primaria del barrio del Trastévere en Roma —el director Sergio Leone y el compositor Ennio Morricone— decidieron invertir las leyes de la cinematografía para rodar su obra cumbre: C'era una volta il West (Hasta que llegó su hora / Érase una vez en el Oeste).
De aquella audacia nació uno de los planos secuencia más sobrecogedores de todos los tiempos: una escena donde ni el director gritó órdenes ni la actriz necesitó pronunciar diálogo alguno, porque tanto los pasos de Claudia Cardinale como el vuelo de la grúa de filmación fueron dirigidos en directo por una voz humana que brotaba de enormes altavoces clavados en la arena.
Acto I: Cuatro fantasmas en el papel pautado de Roma
A finales de 1967, tras cerrar la llamada Trilogía del Dólar con El bueno, el feo y el malo, Sergio Leone quería despedirse del western tradicional componiendo una gran danza de la muerte sobre el fin de la frontera estadounidense y la llegada del ferrocarril. Junto a dos jóvenes cineastas que por entonces daban sus primeros pasos —Bernardo Bertolucci y Dario Argento— y al guionista Sergio Donati, Leone concibió un relato habitado por cuatro arquetipos crepusculares: el asesino de ojos azules Frank (Henry Fonda), el pistolero vengador sin nombre apodado Armónica (Charles Bronson), el bandido romántico Cheyenne (Jason Robards) y, en el centro luminoso de aquel mundo de hombres condenados, Jill McBain (Claudia Cardinale), una antigua cortesana de Nueva Orleans que llega al desierto para empezar una nueva vida y descubre que su esposo y los hijos de este acaban de ser asesinados.
Antes de construir un solo decorado o de encender un reflector, Leone acudió al estudio de Ennio Morricone en Roma con una exigencia radical: quería toda la banda sonora compuesta y grabada en cinta magnética antes del primer día de rodaje.
Leone no quería música de acompañamiento; quería construir una ópera sin palabras donde cada personaje caminara envuelto en su propio leitmotiv. Morricone se sentó al piano y creó cuatro universos sonoros irrepetibles: el lamento desgarrado de tres notas de la armónica para Bronson, el trote irónico de banjo y piano desafinado para Robards, la fanfarria amenazante para Fonda y, para el personaje de Jill McBain, una melodía de una pureza tan dolorosa que parecía contener toda la nostalgia de la tierra prometida.
Acto II: El milagro vocal de Edda Dell'Orso
Para dar vida al tema principal de Jill («Jill's America» / «Once Upon a Time in the West Theme»), Morricone sabía que ningún instrumento de madera o metal bastaba para expresar la vulnerabilidad y la fortaleza de una mujer sola frente a la inmensidad del Oeste. Necesitaba el instrumento más antiguo y conmovedor de todos: la voz humana desnuda de palabras.
En los estudios International Recording de Roma, bajo la dirección orquestal del maestro Bruno Nicolai, Morricone convocó a su musa vocal predilecta: la soprano genovesa Edda Dell'Orso (nacida Edda Sabatini en 1935).
Sobre un delicado arpegio de clavecín y cuerdas que asciende con timidez, Edda Dell'Orso comenzó a cantar sin letra (vocalise), sosteniendo notas agudas de una limpidez cristalina, casi sin vibrato, hasta que la orquesta entera estalla en un clímax de emoción contenida. Cuando Sergio Leone escuchó aquella cinta maestra en Roma, tuvo claro cómo iba a filmar la llegada de Claudia Cardinale al Oeste.
Acto III: Los altavoces de Guadix y el vuelo de la grúa
En la primavera de 1968, el equipo de producción se trasladó al sur de España, a los parajes áridos de La Calahorra-Ferreira, cerca de Guadix (entre Granada y Almería), donde el diseñador de producción Carlo Simi había levantado desde cero la estación ferroviaria de madera de Flagstone, con sus vías reales, su depósito de agua y el esqueleto de una ciudad naciente.
El día en que tocaba rodar la llegada de Jill McBain en el tren de vapor, Leone ordenó a los técnicos de sonido instalar gigantescos altavoces de bocina en lo alto de los postes del decorado, conectados a un magnetófono que reproducía a todo volumen la grabación de Ennio Morricone y Edda Dell'Orso.
Como recordaría años más tarde la propia Claudia Cardinale, la atmósfera que se apoderó del desierto cuando empezó a sonar aquella voz de soprano fue sobrecogedora:
«Sergio hacía sonar la música de Ennio en el plató a un volumen altísimo mientras rodábamos. No necesitaba darme instrucciones con el megáfono. Aquella voz de mujer flotando sobre la arena te atravesaba el pecho: mis pasos al bajar del tren, el desconcierto en mis ojos al ver que nadie me esperaba, la lentitud con la que giraba el rostro... todo estaba dictado nota por nota por la melodía».
La culminación técnica y poética de aquella simbiosis fue el célebre plano de grúa de la estación de Flagstone, fotografiado por Tonino Delli Colli:
1. Mientras suena la introducción íntima de clavecín, Jill desciende del vagón con su maleta y su vestido de encaje negro, buscando en vano un rostro familiar mientras el tren se aleja dejando vacío el andén.
2. Cuando Jill cruza el interior sombrío de la oficina de billetes y está a punto de salir por la puerta trasera hacia la calle polvorienta, la voz de Edda Dell'Orso inicia su ascenso hacia la nota más alta de la partitura.
3. Exactamente en el compás en que la soprano rompe en su agudo celestial y entran los violines a plena potencia, la grúa de cámara se eleva majestuosamente por encima del tejado de madera de la estación, revelando de golpe ante los ojos del espectador el bullicio de carretas, caballos y pioneros de Flagstone, antes de volver a descender suavemente para reencontrar a Jill caminando entre la multitud.
Los maquinistas que empujaban el contrapeso de la grúa, el operador de cámara y Claudia Cardinale se movían al unísono porque todos escuchaban el mismo compás latiendo en el aire.
Epílogo: El testamento de dos amigos de la infancia
Estrenada en Italia en diciembre de 1968, Hasta que llegó su hora fue recibida en Francia y Europa como una obra maestra absoluta, y su banda sonora vendió más de diez millones de copias en todo el mundo, convirtiéndose en una de las cumbres de la música sinfónica del siglo XX.
Veintiún años después, en junio de 1989, cuando Sergio Leone falleció repentinamente de un infarto en Roma a los sesenta años, Ennio Morricone ordenó que durante el funeral de su amigo del alma no se pronunciaran discursos vacíos: hizo sonar en el templo exactamente aquel tema de Claudia Cardinale cantado por Edda Dell'Orso. Y tres décadas más tarde, en julio de 2020, cuando el propio Morricone partió a los noventa y un años, el mundo entero volvió a escuchar aquella misma plegaria sin palabras.
Porque en aquel polvoriento mediodía de 1968, cuando la cámara subió al cielo empujada por el canto de una mujer, el cine dejó de ser fotografía en movimiento para convertirse, para siempre, en música visible.
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