Pink Floyd«Shine On You Crazy Diamond»
La última visita del diamante loco
"El 5 de junio de 1975, mientras Pink Floyd mezclaba su nuevo disco en Abbey Road, un hombre calvo y obeso entró en silencio."
Prólogo: La sombra en el cristal del Estudio 3
El 5 de junio de 1975 no era un día corriente en el número 3 de Abbey Road, en el señorial barrio londinense de St John's Wood. Dentro del Estudio Tres, el aire acondicionado luchaba contra el humo espeso del tabaco y la pesadez de una sesión de mezclas que se prolongaba desde hacía semanas. Sobre la consola EMI TG12345, el ingeniero de sonido Brian Humphries ajustaba por enésima vez las pistas vocales de una suite colosal concebida en nueve movimientos: Shine On You Crazy Diamond.
A través del cristal de la sala de control, Roger Waters, David Gilmour, Richard Wright y Nick Mason escuchaban el eco celestial del sintetizador Minimoog y el solo de guitarra de cuatro notas —Si bemol, Fa, Sol, Mi— que Gilmour había tocado por primera vez en un ensayo casi por accidente, y que Waters había bautizado inmediatamente como la llamada de socorro de un fantasma. Aquellas cuatro notas eran una invocación. Un réquiem en vida dedicado a Roger Keith "Syd" Barrett, el muchacho magnético de Cambridge que en 1965 había bautizado a la banda uniendo los nombres de dos viejos bluesmen de Carolina —Pink Anderson y Floyd Council—, el poeta de ojos azabache que compuso casi todo su álbum debut (The Piper at the Gates of Dawn) y al que habían tenido que abandonar en una cuneta del camino siete años atrás, cuando su mente naufragó entre los excesos de ácido lisérgico y los primeros embates de una psicosis irreversible.
Eran las dos de la tarde. En un rincón de la sala de control, casi desapercibido entre los estuches de guitarras y los cables enrollados, apareció un hombre extraño.
Llevaba una gabardina blanca raída, un sobrepeso pronunciado que deformaba su figura y la cabeza completamente afeitada al rape, al igual que sus cejas. No tenía un solo pelo en el rostro. Sujetaba una bolsa de plástico de la tienda de comestibles de la esquina y, con un movimiento mecánico, sostenía un cepillo de dientes entre los dedos mientras saltaba repetidamente sobre las puntas de los pies, frotándose los dientes con furia silenciosa.
Durante más de tres cuartos de hora, los cuatro músicos y su equipo técnico lo observaron con recelo. Pensaron que se trataba de un técnico de mantenimiento enviado por EMI, de un electricista despistado o de uno de esos devotos errantes que a menudo lograban burlar la recepción para mirar boquiabiertos a las estrellas de rock que acababan de vender quince millones de copias de The Dark Side of the Moon.
Nadie sospechaba que el hombre al que le estaban cantando estaba parado detrás de ellos.
Acto I: El flautista de Cambridge y el estallido psicodélico
Para entender la desgarradora magnitud de aquella tarde de junio, es necesario retroceder a la primavera de 1967 en las calles empedradas de Cambridge y los sótanos húmedos del club UFO en Tottenham Court Road. En aquel epicentro del Swinging London, Syd Barrett no era simplemente un músico de rock: era un dandi victoriano renacido en plena eclosión pop.
Con apenas veintiún años, Syd era hermoso de una forma casi insultante. Tenía una cabellera rizada y oscura que caía en ondas anárquicas, pómulos afilados, camisas de satén floreado y una mirada líquida que parecía contemplar un mundo inaccesible para los mortales ordinarios. Mientras Roger Waters aportaba una severa disciplina conceptual, Nick Mason un pulso jazzístico y Rick Wright texturas celestiales al teclado Farfisa, Barrett era la chispa incandescente del grupo. Utilizaba su Fender Esquire blanca con un mechero Zippo frotado contra las cuerdas, pasaba la señal por una unidad de eco de cinta Binson Echorec y creaba constelaciones de sonido que nadie antes había escuchado en el Reino Unido.
Sus canciones no hablaban de romances adolescentes; estaban pobladas de espantapájaros de madera, gnomos llamados Grimble Gromble, bicicletas con campanillas prestadas, capítulos del I Ching y ríos de mercurio. Con Arnold Layne y See Emily Play, Pink Floyd trepó a los primeros puestos de las listas británicas. En los estudios de Abbey Road, mientras Los Beatles grababan Sgt. Pepper's Lonely Hearts Club Band en el Estudio 2, Pink Floyd daba a luz The Piper at the Gates of Dawn en el Estudio 3. Paul McCartney y John Lennon solían asomarse para ver tocar a aquel muchacho que desafiaba todas las leyes de la afinación y la estructura pop.
Sin embargo, la velocidad del éxito fue demoledora. Syd Barrett no estaba blindado para el engranaje industrial de las giras, los programas de televisión en directo ni el acoso constante de la prensa sensacionalista. A ello se sumó el consumo masivo, casi ritual, de LSD y otras sustancias psicotrópicas que los círculos bohemios de la época administraban como sacramento de apertura mental. En personas con una predisposición latente a trastornos mentales, el ácido lisérgico no abre puertas: derrumba los muros maestros.
Hacia el otoño de 1967, durante su primera gira por los Estados Unidos, la mente de Syd comenzó a deshilacharse a la vista de todos. En el programa American Bandstand conducido por Dick Clark, se negó a mover los labios durante el playback, permaneciendo petrificado con los brazos caídos y la mirada extraviada. En The Pat Boone Show, ante las preguntas amables del presentador, respondió con un silencio absoluto y una sonrisa gélida. En el escenario, pasaba conciertos enteros tocando un único acorde durante noventa minutos o desafinando lentamente su guitarra hasta dejar las cuerdas colgando sobre el mástil.
La luz de Syd se estaba apagando a la misma velocidad vertiginosa con la que se había encendido.
Acto II: La fractura y el viaje sin retorno
En enero de 1968, desesperados por no cancelar sus contratos y temiendo la ruina económica, los integrantes de Pink Floyd tomaron una decisión de emergencia: reclutar a David Gilmour, un prodigioso guitarrista de Cambridge y viejo amigo de la infancia de Syd, para que cubriera las partes de guitarra en vivo mientras Barrett se limitaba a componer y cantar cuando estuviera en condiciones.
El experimento duró apenas cinco conciertos. La dinámica se volvió insostenible. En los ensayos, Syd traía canciones imposibles como Have You Got It Yet?, cambiando deliberadamente la melodía, los acordes y el compás cada vez que la banda intentaba seguirlo, repitiendo con ironía infantil: «¿Ya la tienen?».
El desenlace ocurrió una tarde fría de invierno a finales de enero de 1968. Roger Waters conducía la furgoneta del grupo por los suburbios de Londres, recogiendo a los integrantes para viajar a un concierto en la Universidad de Southampton. En un cruce de caminos, alguien en el asiento trasero preguntó con naturalidad:
—¿Pasamos a recoger a Syd?
Hubo un silencio espeso, cargado de culpa y cobardía. Nadie se atrevía a pronunciar la palabra definitiva. Finalmente, uno de ellos murmuró:
—No. No nos molestemos.
Siguieron de largo por la autopista. Fue el instante más brutal y pragmático en la historia del rock moderno. Aquella tarde, Pink Floyd dejó atrás a su creador para salvar su propia supervivencia. Aunque formalmente se anunció su salida en abril de 1968, y a pesar de que Gilmour, Waters y Wright le ayudaron con devoción fraternal a producir sus dos caóticos pero brillantes álbumes en solitario (The Madcap Laughs y Barrett en 1970), Syd Barrett se desvaneció gradualmente de la vida pública. Se recluyó en el sótano de la casa de su madre, Winifred, en Cambridge, entregado a la pintura al óleo, la jardinería y largas caminatas solitarias, borrando todo vínculo con la industria de la música.
Para el resto de los miembros de Pink Floyd, el costo emocional de aquella separación fue una herida abierta que nunca cicatrizó. Durante los siguientes siete años ascendieron al olimpo cultural del planeta, llenaron estadios en cuatro continentes y acumularon riquezas astronómicas con The Dark Side of the Moon. Pero en el centro exacto de su éxito latía un vacío culposo: sabían que todo lo que poseían se lo debían al amigo al que habían tenido que abandonar.
Acto III: 5 de junio de 1975, el fantasma que tocó la puerta
Aquel jueves 5 de junio de 1975, Pink Floyd se encontraba en un estado de parálisis creativa y agotamiento existencial. Habían intentado grabar un álbum con objetos domésticos (Household Objects) que fracasó por completo, y las sesiones de Wish You Were Here estaban dominadas por la desgana y el cinismo hacia la industria discográfica. Roger Waters había condensado ese desencanto en tres pilares temáticos: la codicia empresarial (Have a Cigar, Welcome to the Machine), la ausencia emocional y el tributo definitivo a Syd (Shine On You Crazy Diamond).
En la sala de control del Estudio 3, David Gilmour escuchaba las mezclas sentado junto a la consola. De pronto, volvió a mirar al hombre calvo que continuaba de pie en el fondo de la sala, cepillándose los dientes con frenesí.
Gilmour sintió una sacudida helada en la nuca. Aquella mirada, a pesar de la ausencia total de cabello y cejas, a pesar de los veinte kilos de sobrepeso que transformaban su rostro juvenil en una máscara hinchada, conservaba una chispa remota e inconfundible.
Se inclinó hacia Roger Waters y le susurró al oído:
—Roger... ¿sabes quién es ese hombre?
Waters alzó la vista, examinó al desconocido con fastidio y encogió los hombros:
—Ni idea. Algún amigo de Brian o un técnico del estudio.
—No, Roger. Míralo bien —insistió Gilmour con la voz quebrada—. Es Syd.
Waters se quedó paralizado. Se levantó lentamente de la butaca y se acercó al visitante. Cuando lo miró a los ojos a escasos centímetros de distancia y comprendió la verdad, el bajista y letrista implacable de Pink Floyd no pudo contenerse: rompió a llorar de manera desconsolada. Las lágrimas le rodaban por las mejillas mientras el resto del equipo contenía el aliento. Nick Mason relataría años más tarde en sus memorias que aquel choque visual fue devastador; Richard Wright confesó que no pudo articular palabra durante una hora entera.
El hombre que había sido el ícono de la vanguardia psicodélica se había afeitado la cabeza y las cejas como un acto de purga o desapego absoluto de su antigua imagen.
Durante los minutos siguientes, los músicos intentaron establecer una conversación con él, pero los puentes hacia su realidad estaban rotos. Syd saltaba de un tema a otro con una lucidez fragmentada:
—Bueno... tengo una televisión en color muy grande y una nevera llena de chuletas de cerdo en casa —comentó con voz pausada, balanceando su bolsa de plástico—. ¿Cuándo grabo mis partes de guitarra? Estoy listo.
Gilmour, con el corazón encogido, le explicó suavemente:
—Syd... las guitarras ya están grabadas. Ahora estamos mezclando el disco.
La banda decidió poner en los altavoces de control la pista que estaban trabajando: Shine On You Crazy Diamond. La música envolvió la habitación. Cuando la suite concluyó, con sus capas sinfónicas de dolor, ausencia y tributo, Waters le preguntó qué opinaba de la canción.
Syd miró hacia el techo, parpadeó con desconexión y pronunció una frase lapidaria que quedaría grabada para siempre en la mitología de la banda:
—Sounds a bit old («Suena un poco vieja»).
No parecía tener la menor noción de que la canción entera hablaba de él. No sabía que el título ocultaba un acróstico deliberado que formaba su propio nombre: Shine on You crazy Diamond.
Acto IV: La boda de Gilmour y el desvanecimiento
Aquel mismo día coincidió con la recepción de bodas de David Gilmour y su primera esposa, la modelo estadounidense Ginger Hasenbein. Para celebrar el enlace de manera informal con los amigos y el personal técnico, la pareja había organizado un almuerzo con champán y comida fría en la cafetería de Abbey Road.
Syd Barrett se sumó a la comitiva sin decir palabra. Se sentó en una de las mesas de fórmica, abrió su paquete de comida y almorzó en silencio mientras los invitados brindaban a su alrededor. Varios de los asistentes, ignorantes de su identidad, creían que se trataba de un pariente anciano o de un indigente invitado por benevolencia.
Cuando la celebración terminó y la gente comenzó a desplazarse hacia el aparcamiento, Syd recogió su bolsa de plástico, se ajustó la gabardina y cruzó la puerta de salida hacia Abbey Road.
David Gilmour y Roger Waters salieron a buscarlo unos minutos después para despedirse, pero la acera estaba vacía. Syd Barrett se había marchado a pie entre la multitud de Londres sin mirar atrás.
Ninguno de los cuatro integrantes de Pink Floyd volvió a verlo jamás.
Acto V: El hombre de Cambridge y la herencia del diamante
Tras aquella tarde en Abbey Road, Syd Barrett regresó a Cambridge y se despojó definitivamente del personaje público. Cuando los periodistas o los fanáticos más obsesivos lograban rastrear la dirección de su pequeña casa adosada en St Margaret's Square, él abría la puerta y decía con cortesía seca: «Syd no vive aquí. Mi nombre es Roger Keith Barrett».
Nunca volvió a tocar una guitarra profesionalmente ni concedió una sola entrevista. Se dedicó a pintar lienzos abstractos que destruía en cuanto terminaba de secarse el óleo, a reparar bicicletas viejas y a cuidar las plantas del jardín de su madre. La banda, a través de sus gestores financieros, se aseguró de que cada libra esterlina devengada por sus derechos de autor le llegara puntualmente a su cuenta bancaria, garantizando que viviera con total dignidad y holgura económica hasta el final de sus días.
Roger Keith Barrett falleció pacíficamente el 7 de julio de 2006, a los sesenta años, debido a complicaciones derivadas de un cáncer de páncreas y diabetes.
Cuando Wish You Were Here salió al mercado en septiembre de 1975 con la icónica portada de Storm Thorgerson —los dos hombres de negocios estrechándose la mano mientras uno de ellos arde en llamas—, el mundo entero escuchó una de las obras cumbres del siglo XX. Pero detrás de la grandiosidad sonora de los sintetizadores y la perfección técnica de Abbey Road, el disco es en realidad una carta de amor desesperada y culpable.
Aquellas cuatro notas de David Gilmour no eran un truco de virtuosismo; eran el llamado inútil de cuatro amigos que aprendieron a conquistar el universo pero nunca supieron cómo salvar al muchacho que les había prestado sus alas.
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