Madonna«Like a Prayer»
De perder a su madre a los 5 años a provocar el mayor boicot mundial de los años 80
"En 1989, una plegaria nacida del dolor de una niña sin madre desató el mayor escándalo de los años ochenta."
«Este álbum está dedicado a mi madre, que me enseñó a rezar.»
— Dedicatoria impresa en los créditos originales de Like a Prayer (Sire Records, marzo de 1989)
Hay canciones que el público recuerda por el estruendo que provocaron en los titulares de la prensa, sin sospechar que nacieron en el silencio más desamparado de una habitación infantil. En la primavera de 1989, cuando las cadenas de televisión, las corporaciones multinacionales y los portavoces del Vaticano convirtieron «Like a Prayer» en el centro del mayor escándalo cultural de finales de los años ochenta, casi nadie reparó en la frase breve que Madonna había mandado imprimir en el interior del disco. Antes que un manifiesto político o un pulso contra los imperios comerciales de su tiempo, aquella canción era la carta de una mujer de treinta años dirigida a una madre que había muerto exactamente a esa misma edad.
Acto I: El invierno de Michigan y la herida de los treinta años (1963–1988)
El 1 de diciembre de 1963, en Pontiac, Michigan, Madonna Louise Fortin falleció a los treinta años víctima de un cáncer de mama. Durante los meses previos, mientras llevaba en el vientre a su sexto hijo, los médicos habían postergado el tratamiento agresivo para no comprometer el embarazo. Su hija mayor, llamada exactamente igual que ella —Madonna Louise Ciccone—, tenía apenas cinco años y tres meses.
Aquella pérdida temprana partió en dos la infancia de la futura artista. Criada por su padre, Silvio «Tony» Ciccone, en un hogar italoamericano profundamente católico donde las preguntas sobre la muerte se respondían con rezos, rosarios y silencios, la niña creció rodeada de la liturgia de las iglesias de Detroit: el olor a incienso y cera quemada, los confesionarios de madera oscura y la promesa de que la voz de una madre nunca desaparece del todo si uno aprende a escucharla en la oración.
Un cuarto de siglo más tarde, en el otoño de 1988, Madonna cumplió treinta años. Alcanzar la edad exacta en que su madre había dejado de vivir coincidió con el derrumbe de su turbulento matrimonio con el actor Sean Penn, cuyo divorcio se formalizaría a comienzos de 1989. Alejada por unos meses del personaje de la «chica material» que había dominado las listas de éxitos, se refugió en los estudios Johnny Yuma Recording de Los Ángeles junto al compositor y productor Patrick Leonard.
En apenas tres horas de trabajo conjunto, Leonard construyó la progresión armónica sobre el órgano y el piano mientras Madonna escribía una letra donde el lenguaje de la devoción católica se fundía con la necesidad humana de pertenencia y refugio: «La vida es un misterio, cada quien debe sostenerse por sí solo; te escucho pronunciar mi nombre, y se siente como volver a casa».
Para que la grabación tuviera la hondura espiritual que buscaba, Madonna y Leonard convocaron al legendario pastor y arreglista Andraé Crouch junto a su coro góspel de Los Ángeles, y al guitarrista de rock Bruce Gaitsch. Incluso el objeto físico del álbum fue concebido como una cápsula de memoria sensorial: por petición expresa de Madonna, las primeras ediciones en vinilo, casete y disco compacto de Like a Prayer fueron impregnadas con aceite esencial de pachulí, buscando que cualquiera que abriera el empaque sintiera al instante el aroma terroso e inconfundible de una iglesia antigua.
Acto II: Los cinco millones de Pepsi y las veinticuatro horas que cambiaron la televisión (Marzo de 1989)
A comienzos de 1989, la industria discográfica y la publicidad televisiva sellaron un acuerdo sin precedentes. La multinacional Pepsi-Cola firmó con Madonna un contrato histórico por 5 millones de dólares —una cifra jamás pagada hasta entonces a una estrella femenina del pop— que incluía el patrocinio de su gira mundial y el estreno exclusivo de «Like a Prayer» en un comercial de dos minutos antes siquiera de que el sencillo llegara a las emisoras de radio.
El 2 de marzo de 1989, durante la transmisión de The Cosby Show, unos 250 millones de espectadores en cuarenta países vieron el anuncio titulado «Make a Wish»: una pieza nostálgica en blanco y negro y color donde Madonna contemplaba desde una sala de proyección las películas caseras de su octavo cumpleaños y bailaba por las calles y una escuela junto a la niña que había sido.
Lo que los altos ejecutivos de Pepsi desconocían en su totalidad era lo que Madonna había filmado en paralelo para el videoclip oficial de la canción bajo la dirección de la cineasta Mary Lambert en los estudios Raleigh de Hollywood y en las colinas de San Pedro, California.
Veinticuatro horas después del anuncio de Pepsi, el 3 de marzo de 1989, MTV estrenó mundialmente el video de «Like a Prayer». En lugar de una fantasía comercial inofensiva, millones de hogares presenciaron un relato frontal contra el racismo y la hipocresía moral: Madonna es testigo del asesinato de una joven a manos de un grupo de supremacistas blancos, mientras la policía arresta injustamente a un joven afroamericano inocente (interpretado por el actor Leon Robinson) que había acudido a socorrer a la víctima.
Atemorizada, Madonna busca refugio en una capilla donde se venera la imagen de San Martín de Porres, el santo peruano mulato patrón de la justicia interracial. En la penumbra del templo, la estatua con el rostro de Leon Robinson llora lágrimas de sangre, cobra vida, desciende de su hornacina y la reconforta antes de que ella reciba los estigmas en las palmas de las manos, cante en la noche frente a cruces ardiendo —símbolo histórico del terror del Ku Klux Klan expuesto aquí como denuncia— y finalmente acuda a la comisaría para testificar la verdad y liberar al hombre inocente tras las rejas.
Acto III: La furia de Roma, la retirada de Pepsi y la victoria de la canción
La reacción fue inmediata y sísmica. Organizaciones ultraconservadoras en Estados Unidos, encabezadas por la American Family Association de Donald Wildmon, lanzaron un boicot masivo contra todas las embotelladoras de Pepsi. Pocos días después, desde Roma, organizaciones católicas y voces del Vaticano durante el pontificado de Juan Pablo II condenaron públicamente el video por «uso blasfemo de símbolos cristianos» y llamaron a los fieles de Italia a no asistir a los futuros conciertos de la cantante.
En las oficinas centrales de Pepsi cundió el pánico. Aunque el propio anuncio de la marca («Make a Wish») era completamente familiar e inocente, millones de consumidores confundieron el comercial televisivo con el videoclip de MTV. Tras haber emitido el anuncio apenas dos veces en televisión estadounidense, el 4 de abril de 1989 Pepsi anunció la cancelación definitiva de la campaña publicitaria y la ruptura del acuerdo promocional.
Sin embargo, el contrato firmado por los abogados de Madonna era blindado: la artista conservó íntegros los 5 millones de dólares sin ceder ni modificar un solo fotograma de la obra dirigida por Mary Lambert. Mientras las latas del comercial de Pepsi eran retiradas en silencio de las cadenas de televisión, el público respondió en las tiendas de discos: «Like a Prayer» alcanzó el número uno en el Billboard Hot 100 de Estados Unidos, en el Reino Unido y en más de veinte países, y el álbum superó los quince millones de copias vendidas en todo el mundo.
Treinta y siete años después de aquel incendio mediático, cuando el ruido de los boicots y las juntas corporativas pertenece ya a los libros de historia, lo que permanece intacto al escuchar el órgano inicial y el coro de Andraé Crouch es el latido que le dio origen: la voz de una hija que, al cumplir la edad en que su madre murió, transformó su orfandad en una plegaria que ningún imperio pudo silenciar.
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