Elvis Presley«That's All Right»
That's All Right
"La noche del 8 de julio de 1954, la radio de Memphis pinchó por primera vez a Elvis Presley, desatando una locura total."
Prólogo: El callejón sin salida de Sun Studio
En la sofocante tarde del lunes 5 de julio de 1954, el termómetro en Memphis, Tennessee, rozaba los cuarenta grados a la sombra. En el diminuto local de ladrillo visto de Sun Studio, en el número 706 de Union Avenue, tres hombres jóvenes y un productor exhausto llevaban más de tres horas mirándose las caras entre bostezos y ceniceros desbordados de colillas.
El dueño del estudio, Sam Phillips, era un visionario obstinado que arrastraba una obsesión casi mística: «Si pudiera encontrar a un muchacho blanco que cantara con el alma y el fraseo de los músicos negros del Delta, ganaría mil millones de dólares y uniría a este país».
Frente al micrófono de cinta RCA se encontraba un tímido conductor de camiones de la compañía eléctrica Crown Electric, de apenas diecinueve años, llamado Elvis Aaron Presley. Vestía pantalones de pinzas desgastados, lucía patillas largas y engominaba su pelo rubio oscuro con pomada barata. A su lado estaban dos músicos de sesión locales: el meticuloso guitarrista Scotty Moore y el hiperactivo contrabajista Bill Black.
La jornada había sido un fiasco absoluto. Habían ensayado baladas azucaradas como «Harbor Lights» y «I Love You Because», pero la voz de Elvis sonaba agarrotada, teatral, insegura; un intento torpe de imitar a cantantes melódicos blancos como Dean Martin o los cuartetos de gospel sureño. Hacia las nueve de la noche, empapados de sudor y vencidos por el desánimo, Phillips apagó la grabadora Ampex y ordenó una pausa para tomar una gaseosa.
Nadie sospechaba que en los siguientes diez minutos la cultura occidental cambiaría para siempre.
Acto I: La payasada que encendió el fuego
Durante el descanso, mientras Scotty Moore fumaba un cigarrillo y Sam Phillips organizaba cintas en la cabina de control, Elvis tomó su guitarra acústica con un gesto de alivio infantil. Para sacudirse la tensión y burlarse de su propia torpeza, comenzó a saltar sobre el linóleo del suelo y a rasguear a toda velocidad un viejo blues acústico de 1946 compuesto por el campesino negro de Misisipi Arthur «Big Boy» Crudup:
«Well, that's all right, mama / That's all right for you / That's all right mama, just anyway you do...»
Elvis no la cantaba como un blues lento y pesaroso de las plantaciones de algodón. La cantaba con una risita traviesa, acelerando el compás hasta transformarlo en un galope salvaje de música hillbilly.
Al verlo hacer muecas, Bill Black no pudo contener la risa. Se levantó de un salto, abrazó su voluminoso contrabajo acústico y comenzó a aporrear las cuerdas de tripa con la palma de la mano (slap bass), imitando el repiqueteo rítmico de un tren de vapor. Scotty Moore, contagiado por la demencia del momento, enchufó su Gibson ES-295 y comenzó a disparar arpegios sincopados y punzantes que saltaban como chispas eléctricas.
De pronto, la puerta de la cabina de control se abrió de golpe. Sam Phillips asomó la cabeza con los ojos desorbitados:
—«¿Qué demonios están haciendo?» —preguntó Phillips con voz temblorosa.
Scotty Moore bajó la guitarra, avergonzado:
—«No lo sabemos, Sam... Solo estábamos bromeando.»
Phillips señaló hacia el micrófono con el dedo índice y ordenó tajantemente:
—«Pues no pierdan ese ritmo. Retrocedan, busquen el principio y háganlo exactamente igual. ¡Toma uno, ya!»
Acto II: El eco de cinta que desafió las leyes de la física
Aquella noche, en tres tomas frenéticas y sin una sola batería en la sala, grabaron «That's All Right».
La genialidad técnica de Sam Phillips radicó en su uso revolucionario del slapback echo (eco de cinta cruzado). Al conectar dos magnetófonos Ampex 350 en circuito cerrado, Phillips introducía un retraso de una fracción de segundo entre la cabeza de grabación y la de reproducción. El resultado era un sonido tridimensional, vibrante y cavernoso que hacía que la guitarra de Scotty y la voz jadeante de Elvis parecieran multiplicarse en el espacio como un rayo.
El tema no tenía precedentes en la industria musical de los Estados Unidos. No era country blanco tradicional ni era blues negro segregado: era la fusión descarada, orgánica y erótica de ambos mundos. Era el sonido de una juventud obrera que derribaba de un solo golpe las alambradas invisibles de la segregación racial sureña.
Phillips sabía que tenía una bomba de relojería en las manos; pero para detonarla, necesitaba al hombre más peligroso de la radiofonía de Memphis.
Acto III: El huracán en el programa de Dewey Phillips
En la noche del jueves 8 de julio de 1954, Sam Phillips llegó al entresuelo del Hotel Chisca en el centro de Memphis, donde transmitía la emisora WHBQ. Llevaba bajo el brazo un disco de acetato de diez pulgadas recién prensado, con la tinta de la etiqueta todavía fresca.
Allí reinaba Dewey Phillips (sin parentesco con Sam), el disc-jockey más excéntrico, iconoclasta e influyente del sur de los Estados Unidos. Su programa nocturno, Red, Hot, and Blue, era un fenómeno cultural insólito: en una ciudad rígidamente segregada por las leyes de Jim Crow, Dewey era un locutor blanco que pinchaba música de artistas negros para una audiencia mixta de adolescentes fascinados por el rhythm & blues.
Sam le entregó el acetato a Dewey: «Pínchalo, Dewey. Dime qué opinas de este chico».
Hacia las nueve y media de la noche, Dewey colocó la aguja sobre los surcos de «That's All Right».
Lo que sucedió en los minutos posteriores pasó a los anales de la historia de los medios de comunicación. Antes de que el tema terminara sus dos minutos de duración, las líneas telefónicas de WHBQ colapsaron por completo. Catorce líneas se iluminaron al unísono; los operarios no daban abasto para atender las llamadas de jóvenes y padres enloquecidos que exigían saber quién era aquel cantante misterioso y dónde podían comprar ese disco.
La respuesta popular fue tan apabullante que Dewey Phillips, ignorando todos los protocolos de la radio comercial, pinchó el acetato catorce veces consecutivas esa misma noche, intercalándolo únicamente con mensajes de telegramas y llamadas en directo.
Acto IV: El escondite del cine y la pregunta con trampa
Mientras la radio de Memphis ardía en llamadas, ¿dónde estaba el nuevo ídolo del rock and roll?
Elvis Presley estaba paralizado por el pánico. Convencido de que su voz sonaría ridícula en antena y aterrorizado ante la posibilidad de que sus compañeros de secundaria se burlaran de él, había huido de su casa y se había refugiado en la oscuridad de una sala de cine de barrio: el teatro Suzore No. 2.
Hacia las diez de la noche, sus padres, Vernon y Gladys Presley, entraron a la sala de cine a oscuras y lo sacaron prácticamente en volandas:
—«¡Elvis, sal de ahí! ¡Dewey Phillips te está buscando por toda la ciudad! ¡La gente se ha vuelto loca en la radio!»
Con el corazón palpitando en la garganta y vestido con ropa informal, Elvis llegó a los estudios de WHBQ. Dewey lo empujó frente al micrófono encendido, sin avisarle de que estaban transmitiendo en directo al aire:
—«Buenas noches, Elvis. Siéntate aquí y cuéntale a la gente de Memphis de dónde saliste.»
En medio de una charla distendida, Dewey le lanzó una pregunta aparentemente inocente, pero cargada de una astucia sociológica colosal:
—«Oye, Elvis... ¿A qué instituto fuiste en la secundaria?»
Elvis, temblando, respondió con candidez:
—«Fui a Humes High, señor Phillips.»
Aquella respuesta lo resolvió todo. En el Memphis segregado de 1954, L.C. Humes High School era un instituto exclusivamente para estudiantes blancos. Con esa simple mención escolar, Dewey Phillips acababa de despejar la mayor incógnita del millón de oyentes: el muchacho que cantaba con la fuerza salvaje y el desgarro de un bluesman negro del Misisipi era, en realidad, un chico blanco de barrio obrero. La barrera racial que había dividido a la música popular estadounidense durante medio siglo acababa de saltar por los aires en un solo segundo.
Acto V: Las cinco mil copias y el inicio del cataclismo
Al día siguiente, las tiendas de discos de Beale Street y del centro de Memphis fueron asediadas por multitudes de jóvenes que exigían copias de «That's All Right». Sam Phillips no tenía infraestructura para semejante demanda: prensó a toda prisa cinco mil copias iniciales en vinilo de 78 y 45 RPM bajo el sello Sun Records (Sun 209, con el tema country «Blue Moon of Kentucky» en la cara B), y todas se agotaron en menos de una semana.
En apenas un año, aquel camionero tímido pasaría de cobrar treinta y cinco dólares a la semana a firmar con RCA Víctor por una cifra récord, conquistando la televisión nacional, desatando la histeria juvenil en auditorios de todo el país y transformando la cultura global para siempre.
Epílogo: El relámpago que no se apaga
Setenta años después de aquella mágica noche de julio en Union Avenue, «That's All Right» conserva la frescura insolente, el sudor y la alegría pura del instante en que fue creada.
Nos recuerda que las mayores obras de la historia no nacen de la obediencia servil a las normas establecidas, sino del coraje de abrazar la espontaneidad, derribar los prejuicios del entorno y cantar desde las vísceras con la libertad inocente de quien no tiene nada que perder.
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